HABLEMOS DE HETEROTOPÍAS, DE PERSONAS. por Juan Jesús Montiel Rozas

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HABLEMOS DE HETEROTOPÍAS, DE PERSONAS.  por Juan Jesús Montiel Rozas

“No se puede incidir en el propio nacimiento, pero sí en el renacer para vivir a plenitud”

Abel Pérez Rojas (1970). Educador mexicano.

“El nacimiento no es un acto, es un proceso”

Erich Fromm (1900-1980). Psicoanalista y pensador alemán.

En el preciso instante en el que nacemos, en el que pasamos a formar parte del mundo, se pronuncian tres palabras que marcarán al neonato durante gran parte de su vida: “es un niño”, “es una niña”. A partir de una de esas dos frases la persona recibirá un tipo de educación, unas normas de conducta, y, lo que es más, se le atribuirá un color. Azul, el color del trabajo, para los varones, y rosa, el color asociado a los sentimientos, para las mujeres.

En la actualidad, sin embargo, a una determinada edad, un cierto número de estxs niñxs no se sentirá conforme a lo que de ellos tanto su familia como la sociedad exigen. No me refiero en este caso a rebelarse contra el sistema de valores sexuales que aún hoy en día predominan en nuestra sociedad. Más bien a un sentimiento latente que aguarda en el interior del individuo desde el propio nacimiento. Me refiero a aquellos que poseen lo que en nuestros días se denomina como disforia de género, es decir, no sentirse acorde al sexo con el que se ha nacido y que, en términos generales, nuestra sociedad denomina como transexuales. No obstante, debo admitir que no me siento muy cómodo utilizando dicho término. En este caso el prefijo trans- significa “a través de”, es decir, denomina a aquella persona cuyo sexo se localiza en distintos puntos al mismo tiempo, o lo que es lo mismo, en todos y en ninguno simultáneamente. Pensando en ello no puedo evitar acordarme de un concepto que, de hecho, no tiene nada que ver con el campo de la sexualidad y que es puramente geográfico: la heterotopia. Acuñado por el sociólogo Michel Foucault (1926, Poitiers – 1984, París), la heterotopía se define como un lugar donde los individuos mantienen relaciones interpersonales distintas a las habituales, como un lugar de paso, como un lugar donde se está y no se está al mismo tiempo. Cita los hospitales, las estaciones de servicio de la carretera y los aeropuertos como el perfecto ejemplo. Asimismo, también concibió las llamadas heterotopías de la desviación: lugares situados al margen de la sociedad reservados a individuos de carácter errático con respecto a la norma exigida citando en este caso los psiquiátricos y las prisiones.

A estas definiciones me gustaría añadir la que el antropólogo francés Marc Augé (1935, Poitiers) acuña en torno al concepto de espacio en el mundo contemporáneo. Un espacio marcado por el anonimato, donde el individuo sólo se identifica a la entrada y salida de él. Con ambas ideas en mente podríamos repensar la transexualidad como una heterotopía sexual. Un espacio no geográfico sino conceptual que se refiere al cambio físico de un sexo hacia otro mediante un procedimiento hormonal y/o quirúrgico. La heterotopía sexual define un espacio en el que al entrar somos y nos identificamos, siempre desde un punto de vista meramente físico, como hombre o mujer para, en el momento en el que lo abandonemos, hacerlo como lo contrario. No obstante, quizás lo más interesante y complejo sea el hecho de que la heterotopía sexual hace referencia a un espacio imposible de acotar, es decir, abstracto.

Mientras algunxs necesitaran del procedimiento quirúrgico que modifique su genitalidad para considerarse a sí mismxs hombres o mujeres completos, a otros, sin embargo, les bastará con el proceso de hormonación u otras intervenciones tales como mastectomías. Por ello, dicha abstracción no se debe al hecho de que hablemos de un espacio conceptual, sino, más bien, a que cada persona puede definir de un modo muy distinto que es eso de “ser un verdadero hombre” o “una verdadera mujer”.

I want to be a butterfly. Un proyecto fotográfico de Ángel Guzmán.

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La transexualidad como objeto de representación no es algo nuevo, ni mucho menos, en el ámbito fotográfico. Quizás tres de los artistas más conocidos que han dedicado su producción a esta temática sean Loren Cameron (1959, Pasadena), Del LaGrace Volcano
(1957, California) y Catherine Opie (1961, Ohio). En el caso de Cameron y Volcano sus fotografías se caracterizan por mostrar el cuerpo de un modo impúdico pudiendo catalogarse aquellos de Cameron incluso de heroico. Se alude al tema mediante la representación de una corporeidad y genitalidad que la sociedad califica de errática: un hombre musculoso con vagina, genitales a medio camino entre lo masculino y lo femenino, pechos femeninos en un cuerpo típicamente virilizado, etc.

Punto y aparte merece Catherine Opie. Profundamente marcada desde sus inicios por la fotografía de Lewis Hine, se ha dedicado a la fotografía documental. A diferencia de los anteriores, cuando se ha aproximado a la transexualidad lo ha hecho evitando ese carácter explícito centrado en la genitalidad para hablar de esas identidades alternas mediante retratos en primer plano o de tres cuartos en los que los modelos se descubren ante el espectador.

Así, vemos como éste ha sido un tema explotado desde la década de los noventa. No obstante, destaca la frescura con la que, a lo largo de sus doce fotografías, Ángel Guzmán retoma el tema. En ellas consigue crear con gran maestría escenas a caballo entre lo cotidiano y lo marginal, lo lúgubre y lo alegre, lo trágico y lo dichoso, lo individual y lo colectivo. Desplaza ingeniosamente el punto de gravedad del cuerpo, su lugar habitual al tratar esta temática, hacia el contexto que lo rodea. No representa a transexuales; representa a personas; representa situaciones determinantes en la vida; representa sentimientos. El desasosiego provocado por la carencia del amor durante toda una vida. El placer que acontece tras yacer con la persona amada. La curiosidad ante el descubrimiento de la propia identidad. El dolor que produce la incomprensión no sólo de una sociedad, sino también de la propia familia. El amor por un ser querido. La desesperación de corromper el propio cuerpo para cumplir un sueño que, de otro modo, sería imposible. La alegría que colma el interior de uno mismo al conseguirlo tras un camino lleno de desavenencias y luchas tanto físicas como mentales. Este proyecto comenzó como una respuesta a una llamada de socorro, como respuesta a ese alguien que busca un rayo de esperanza. A través de sus fotografías Ángel Guzmán hace extensible esa llamada a todo tipo de colectivos y sectores de la sociedad: niños, adolescentes, adultos, ancianos, heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transexuales, travestis, inmigrantes, emigrantes, blancos, negros, latinos, etc.

Al igual que otros artistas anteriores a él, como Giacometti (1901, Suiza – 1996, Suiza), por citar al menos uno, Guzmán parte de lo subjetivo a lo objetivo buscando aquello que nos hace iguales, buscando el denominador común.

“Quiero ser invisible. Que no me señalen, me insulten o sea objeto de agresión. Quiero ser una mariposa para que mi metamorfosis sea rápida. Quiero ser visible siendo yo.”  Una persona cualquiera, 2015

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